Tengo un amigo que vive en Arroyo Seco que es una ciudad de Rosario (+20.000 habitantes). En una de las primeras veces que viajé hasta allí me impactó la diferencia en el ritmo de vida con lo que es la Ciudad de Buenos Aires (+3.000.000 habitantes), donde yo vivo.

Durante un tiempo estuvimos con Meli (mi esposa) pensando si nos mudábamos a otro lugar, alejados de la gran ciudad, del ruido, de la voragine. En ese momento no teníamos una casa propia, podíamos conseguir trabajo remoto y no había demasiadas contras a un cambio de ese calibre.

Finalmente al momento de poner las cosas en la balanza la decisión fue de quedarnos; pero internamente había una razón de peso:

“No me tengo que ir, si creo que eso me va a hacer feliz”.

Si espero que un factor externo de alguna manera me haga feliz, voy a terminar decepcionado.
Yo soy la única persona que me puede hacer feliz (como decían los Beatles) aquí, allí y en todas partes.